Yo he sido en la vida muchas veces cobarde. Pero dejé atrás mejores hombres que, aunque saben de hambre, no conocen las palabras fatiga y cansancio.
Son ellos, los mismos que ahora prestan sus días y noches, que callan sus lamentos para que otros, bajo escombros, griten.
No me sorprende; son ellos, los mismos que con la mano en el pecho, que ahora tienden ampollada, han entonado más de un millar de veces (como un presagio) que entre surcos de dolores el bien germina.
Gracias y espero, mis valientes, sepan perdonarme. Les ofrezco desde la distancia mis inútiles palabras humedecidas en sus lágrimas y embadurnadas, enteras, de su tierra. Mi tierra.