Caen amontonados, cada cierto tiempo y sin avisar, los años en múltiplos de cinco o de diez creando mayor alboroto que los demás. El ser humano necesita de ese tipo de cosas: un 31 de diciembre, un verano, un mañana. Mendigos de excusas y de motivos; la nada, el hoy, nunca han sido suficientes. Eso mezclado con el peligroso juego de creerse Dios para atribuirles a los años ya usados el título de «media vida» o «tercio de vida» —según el nivel de codicia—, o el de primer mes del año al pobre enero. Cuanta falsa certeza.
No necesito el día 20 para brindar, brindé ayer, que fue seis, y brindaré esta noche, que es siete. No lo necesito para reír con allegados, rio a carcajadas cada dos, tres horas con el hombre que amo. No quiero más que esta fiesta, porque en otra no sirven buen café ni se oyen palabras como las que leo de Machado. Además, mis pies para ese y cualquier entonces ya estarán cansados de bailar en las mañanas y de correr cuesta abajo. No necesito 24 horas diferentes, quiero las mismas 24 de ayer. ¿Acaso eres tú, felicidad, la que a mis 35 me ha venido a visitar?