Ahora hablan de esconderte. ¿Cómo podría —o peor aún, cómo querría yo— esconderte, si lo que me mantuvo viva fue el impulso de buscarte, si mi mayor consuelo ha sido encontrarte? Si hablan de vergüenza, quiero ser la más vasta de las sinvergüenzas; que me señalen con sus picos las garzas grises y blancas que, celosas, vuelan desde anoche sobre mi cielo. De todas formas, yo siempre he sido negra por dentro y por fuera. Si me acusan de entregarte mi valía, quiero ser culpable, aceptaré sin vacilar por un segundo mi condena. Quiero ser tonta, enceguecida, estar equivocada y arrepentirme. Pero ¿Cómo podré arrepentirme, si recordaré que fueron mi corazón y el sentir los comandantes artífices de semejante campaña, a quienes la razón cedió el mando después de verse derrotada en el primer encuentro? Quiero, al final, mirar la escena ya acordonada y ver que fueron tus armas las que arremetieron contra mi cuerpo, que dichoso y tendido, no muestra ni un solo signo de resistencia.